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{Priv.} Alma, antorchas humanas, y otras desventuras.

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Re: {Priv.} Alma, antorchas humanas, y otras desventuras.

Mensaje por Irrlicht el Jue Mar 05, 2015 4:42 pm

"Es cierto que el fuego ciega a los hombres.

Pero vosotros, bobos, sois el fuego. El que llena y aviva, el que todo, absolutamente todo arrasa. Habláis con él, sois él.

No importa cómo hagáis las cosas, vosotros sois quienes sois. Compartid ese vínculo que vuestros padres y Madre os han procurado. Creced, brillad, explotad. Vivid y haced las cosas a vuestro modo, porque nadie con la energía que da calor e ilumina los mundos debería contenerse.

Así que, dejad a un lado esos estúpidos y bobos complejos de esa “gente inteligente” y poneos a trabajar. Cuánto antes terminemos, más pronto regresaréis a casa.
"



Enid volvió a abrir los ojos, no sentía la necesidad de mirar fuera del coche ni lo que había dentro. Una parte de él agradecía ser simplemente un observador y no tener que ahogarse en colores y emociones como otros seres podían hacer. Algunos de sus hermanos poseían esa capacidad, heredada de sus padres y que, habían pulido en sus años de existencia. Eíri y Enid habían decidido ignorar esa habilidad, no necesitaban ver un color para entender que estaban siendo engañados o que x persona que acababan de conocer iba a ganarse un golpe en la cara antes de que terminase el día.

No necesitaba ningún tipo de auspex o prima de esa habilidad para saber que Azazel sabía que algo planeaban, tenía la misma expresión de aquellas personas que habían conocido en la Pirámide, en otros mundos y en aquel mismo. La mirada de alguien que por ser más mayor, más retorcida y con más talento se sentía con el poder de subestimarles, de juzgarles y encasillarles. Pensaba que tenía el poder de burlarles, de hacer con ellos lo que ella quería. No era la primera ni la última vez que los gemelos Ryuugamine habían tenido que enfrentarse al menosprecio. Y a las comparaciones, a su incapacidad para ser como sus hermanos o de no haber heredado nada “digno” de mención por parte de sus padres.

Se tenían a ellos y una gran capacidad de ir haciendo las cosas sobre la marcha sin entrar en pánico o dudar de sus capacidades.



Al bajar del coche, Alaunylene tomó una mano de cada gemelo. Su expresión completamente desenfadada y descansada no había cambiado en ningún momento. Mientras que Eíri y Enid, transmitían la sensación de estar apagados. Observaron casi ensimismados la fachada de aquel hotel, era una edificación maravillosa, preciosa. Casi lograba sobrecogerles, si no fuese porque una parte de sus mentes trataba de hacerles recordar todas las maravillas atemporales que  habían visto en el interior de la Pirámide o de la sensación que les había sobrecogido la primera vez que habían visto a su padre y hermano mayor en acción, las primeras armas que su madre había hecho para ellos, la primera vez que habían visto la transformación de Lya a dragón, y aquella vez, cuando su padre ayudó a Mel a salir de su cascarón.  

Habían visto maravillas, más de las que algunos que estaban ahí verían en toda su existencia. Y muchas de esas eran incapaces de recordar, pero el sentimiento de maravillarse y dejarse embargar por la nostalgia les hacía saber que de algún modo, eran memorias que aún retenían aunque sólo fuera a base de emociones salvajes.

Se adentraron en el interior de lo que ahora era un gran y lujoso hotel. Se dejaron llevar completamente mansos, como una ramita arrastrada por la corriente de un río de gran caudal. No tuvieron tiempo de admirar la inmensa habitación que pertenecía a la bruja, que ya había dejado claro con su gran gala de ostentación de que los recursos le salían hasta por los poros. Su atención se había centrado en el mayordomo de la Mujer de Rojo. Era raro, y les dejó entre inquietos y desconcertados, dado que no podían percibir nada de él.

¿Qué era?

Eíri y Alaunylene fueron los únicos en hacer público su agradecimiento por tanta hospitalidad y generosidad. Enid no tenía ganas de mentir, con su suerte estaba convencido de que habría terminado atragantándose con sus palabras y muerto por la falta de oxígeno.

Se sentaron cerca de la mesa ratonera, como si estuviesen a punto de irse a comer el peso del mundo en comida. Estaban tan, tan cansados. Cansados de las argucias, las mentiras, las dobles intenciones y la poca bondad que había en aquel mundo. Tanto, que sentían la necesidad de preservar la poca que habían encontrado por accidente.

Probablemente cuando me duerma no vuelva a despertar en semanas, así que tendrás que despertarme —anunció Enid, mirando a su hermano. Se había llevado las manos a la cabeza y, con cuidado, se desataba la pequeña coleta con la que se apartaba muchos de los mechones que le cubrían el rostro. Se despeinó lo que pudo, para hacer que los mechones cayeran a un lado.

Eíri le miró, parpadeó, se rió con aire cansado –como siempre hacía– y asintió con sus gestos eternamente desganados: —Descuida Enid, no dejaré que duermas más de la cuenta. Como siempre.

Alaunylene, que también parecía estar muy tranquilo y con la guardia baja contemplaba la comida como si fuese a atacarle en cualquier momento. Los duendes eran muy selectos a la hora de comer, no se alimentaban de cualquier cosa porque, técnicamente, podían alimentarse de todo lo que a ellos les viniera en gana.

Siempre me ha parecido que el pavo es… rancio. Como duro y desaborido. Debe ser un animal muy triste, por eso no es buena mascota —comentó, mientras tomaba el extremo de uno de los muslos con dos dedos y lo alzaba hasta la altura de sus ojos—. A nadie, nadie le gusta ser recibido por una mascota triste y sin sabor. Así que o la sazonas a tu manera, con paciencia o se la das de comer a otros para que tengan que lidiar con tragar la carne seca de un animalito desaborido.

Enid y Eíri miraron a Alaunylene, preguntándose qué era lo que estaba diciendo el duende. Habían aprendido que todos los seres feéricos tenían una fea tendencia a usar hipérboles y metáforas, así como acertijos y otros enigmas para expresarse cuando no les apetecía hacerse los fáciles con el resto de las existencias. Eíri recordaba que, en una ocasión, había visto a hablar a un hada y un duende entre ellos a base de versos y el uso de un montón de figuras literarias y mientras él no había entendido la mitad de la conversación que había durado tres horas, ellos parecían haber llegado a un entendimiento casi místico.

Los feéricos eran criaturas misteriosas, maravillosas y malvadas. Un compendio de dualidad extremista que a veces era difícil de comprender. Tan ligados a la verdad y tan ladinos. Tan aparentemente inofensivos y con una capacidad tan destructiva que haría temblar hasta a los más fuertes.

Hasta a los más fuertes.

Eíri miró de golpe a Enid y éste, le revolvió el pelo, pidiéndole calma. Los dos habían pensado lo mismo, por supuesto. Improvisar sobre la marcha. Antes de que alguno moviera un solo músculo para fijar su vista en Alaunylene, la voz de Laine resonó en sus mentes. Extrañamente, no lo sentían como algo invasivo, era  casi como si estuvieran acostumbrados a aquella sensación.

Yo estoy aquí porque quiero pasármelo bien antes de regresar con mis colegas —respondió Alaunylene que parecía estar muy concentrado en lamer con la punta de la lengua un trocito del muslo de pavo. Era casi hilarante verle.

Nosotros estamos aquí porque ibas a marcharte, sin escucharnos.

Sabemos que ahora no estás bien, que estas dolido y triste. Es normal, porque tu misión no es fácil y supone una carga muy pesada.

Venimos de una familia muy grande y hasta no hace mucho, estábamos unidos. Y por esa unión podemos llegar a entender lo que supone seguir a un hermano perdido, lo difícil que debe ser perseguirle y tratar de seguir creyendo que puede salvarse —Enid estaba masticando algo, si era comida o aire, sólo lo sabía él.

Hoy podrías haberle matado, si hubieses querido. Pero no lo has hecho. Porque pese a que podrías excusarte con tu padre diciendo que no había otra elección, tú también piensas que la hay. Tú le conocías antes que se perdiese, que cambiase. Eres la única persona que está en el mismo mundo que él, que entiende y conoce su naturaleza real. Lo que era antes de que las cosas le emponzoñasen y dejase de ser el hermano que habías conocido una vez. Porque es tu misión, no puedes hacerla solo, ni de este modo —concluyó Eíri que había tomado la cinta negra de pelo de su hermano y se recogía varios mechones, comentando cualquier cosa aleatoria sobre la comida y lo desagradable que comenzaba a resultar Alaunylene jugando con ella—. No puedes depender de alguien que lo quiere todo de ti, que pretende explotarte como si fueses su propiedad exclusiva. Eres un ser único, maravilloso y precioso. No podemos permitir que de un modo u otro vayan a coartar tu libertad, aunque tu estés dispuesto a sacrificarla porque esta misión es tu bien mayor.

Te acompañaremos hasta el final de tu misión y hasta dónde tu nos permitas.

Y podéis contar conmigo siempre que lo necesitéis, mis linduras~ —Alaunylene acababa de escupir lo más disimuladamente que podía el trozo de pavo que había intentado comerse. Les guiñó un ojo.

Te vamos a llevar con nosotros, lejos de esas personas que son y serán una mala influencia para ti y tu misión.

Alaunylene, ¿alguna vez has querido saber cómo se siente siendo una antorcha humana? –Enid extendió  la palma de su mano hacia el duende e Eíri hizo lo mismo.

Oh, chicos~ Me encantaría, en vista de que va a ser la única manera de conseguir algo vuestro —Alaunylene se rió a carcajadas, graciosas y adorables, mientras juntaba sus palmas con las de los gemelos—. Que visión más hermosa, tres duendes en llamas~

Enid y Eíri no solían hacer uso de uno de sus talentos más tramposos, no porque les avergonzara, sino porque eran pocas las veces que uno de sus compañeros tenía una habilidad que pudiera resultarles atractiva. En aquel mismo momento, los gemelos y el duende compartían el control total del fuego y la magia feérica, por un rato. Un rato que era lo suficiente para sorprenderles y escapar de ese lugar y con suerte, tener algo de ventaja.

Lo primero que hicieron, fue usar la innata magia feérica para manipular la suerte de la gente que estaba ahí, robarles la energía positiva y aumentar, por así decirlo, el kharma a su alrededor. Para algunos, esa magia era conocida como manipulación del caos, desestabilizaban probabilidades de los demás con inyecciones de energía caótica.

De todas maneras, teniendo en cuenta que dos de ellos habían adquirido la magia de un duende que nunca habían aprendido a manipular, el exceso de magia hizo que esta se disparase a cualquier lugar. Haciendo que primeramente todo aquello que fuese de cristal, explotase a su alrededor y todo lo inflamable se prendiese fuego.

Alaunylene, que parecía muy divertido con lo que ocurría y con su nueva cabellera hecha de fuego, no necesitó más que un gesto leve para impedir que el fuego o los cristales dañasen a Laine.  

El primero en llegar a la zona afectada, fue el mayordomo gris, Eíri, acostumbrado a los movimientos que debía ejecutar para manipular el fuego movió sus brazos como si empujase un mueble invisible en dirección al hombre gris, Albetch. No sucedió nada. Hasta que al tercer paso que dio hacia ellos fue envuelto por una espesa humareda que dejó paso a un minino sin pelo de piel gris y ojos verde resplandeciente.

¡Dioses, qué horror! No era lo que tenía en mente —murmuró Eíri que pareció disculparse con el ahora gato mayordomo. Alaunylene había tomado de la mano al gemelo de ojos verdes y tiraba de él hacia la salida.

Enid, que prefería reservarse aquella energía para más adelante, se agachó junto a Laine. Había posicionado una de sus manos en el cuello del strigoi y le miró con gesto serio, casi, casi solemne antes de enmascararlo en una sonrisa.

Considérate secuestrado, desde ahora mismo. No volverás con ellos, sólo tenlo presente —le tomó de la mano, para hacer que se pusiera de pie y se lo llevó con ellos, a los dos pasos decidió cargarle primero como un costal de papas, para que tuviera más aspecto de rehén que de princesa siendo rescata y salió tras Alaunylene y Eíri, que dejaba una estela destructiva a su alrededor—. ¿Queréis que salgamos por la puerta principal?

No creo que podáis hacer una caída estable si hubiéramos saltado desde el jardín —respondió el duende entre risitas casi lunáticas—. Además, no te preocupes. No vas a ser tú quien pague por la reparación de esto~

El trío de temporales seres caóticos en llamas, más el strigoi secuestrado, bajaron hasta el primer piso sin muchos problemas, quizás por la sorpresa y desorientación que la explosión de la energía de Eíri había ocasionado y por el hecho de que, por ahora, tenías las probabilidades de su parte. Sólo les quedaba la parte más complicada, salir del hotel, seguir a Alaunylene que según su vínculo mental, les llevaría a otra de las entradas de su Gremio y les haría salir por otro.

Ya pensarían dónde, cuando no les pisaran los talones una bruja increíblemente poderosa –y probablemente furiosa– y todos aquellos que trabajaban bajo sus órdenes.
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Re: {Priv.} Alma, antorchas humanas, y otras desventuras.

Mensaje por Laine el Sáb Mar 07, 2015 7:42 pm

El giro tan épico de los acontecimientos le dejó tonto, esa podía ser una excusa razonable para justificar el quedarse impávido mientras todo sucedía frente a sus ojos. Lo cierto era que más épico era su cansancio de las cosas, hasta a los gemelos y al duende les quedó muy claro en tan poco tiempo que el ambiente al que estaba sometido en Kil’daggoth, su acuerdo con Azazel y su condicionada libertad no hacían más simples la carga de seguir con su misión, de perseguir a Mekhet e intentar salvarlo como su padre le había pedido y como Laine deseaba en lo profundo de sus dos corazones.

Las cosas no siempre eran como se esperan al final. Su trato con los Buttercraft supuestamente debía facilitarle su misión, agilizarla y darle ventaja, ¿por qué resultaba ser todo lo contrario?, jo, pues Laine lo sabía, muy en el fondo, sabía que a Azazel no le convenía que lograra su objetivo antes que los suyos, necesitaba limitarle el progreso, restringirlo sutilmente para que se encerrara en la figura de su mascota. El por qué no había hecho nada al respecto hasta ahora no lo tenía muy claro. Quizás porque la bruja tenía más influencia sobre él de lo que pensaba.

Quizás porque su mente encontraba aterradora la pregunta de qué le habría hecho en el Nexo, en esos días borrosos. Lo cierto era que, todo ese estímulo negativo le valió para tomar la silenciosa decisión de acceder a esa especie de secuestro, aun cuando durante la desastrosa huida no fue consciente de la misma. Laine había pasado a calidad de secuestrado en seudo shock, espectador tanto de las maldades que salían de la energía caótica, el fuego alocado de los gemelos y de los posteriores gritos y exclamaciones de Azazel ante el desastre y su mayordomo convertido en gato. Juraría que antes de salir de ese town house escuchó que gritaba su nombre, y pese a ello no hizo mención de resistirse, o de hacer algo.

Estaba tan cansado, y ahora, mareado al ser llevado como costal de papas, que no se dio cuenta de haber perdido el conocimiento hasta que despertó, 12 horas después del glorioso escape del Hotel Novus. Abrió los ojos y se encontró a sí mismo en una superficie blandita ligeramente familiar, era la misma cama donde había dormido con los gemelos, en el Gremio de Alaunylene, solo que por las horas la iluminación era poca, debía ser como mucho después de la media noche, casi madrugada.

Afuera escuchaba una algarabía de gritos y júbilos, como una fiesta o personas jugando algo demasiado entretenido que debían vocalizarlo, entre otros sonidos que no llegó a asociar con nada que se preciara de normal para él. Laine decidió que era hora de levantarse, sentía una imperiosa necesidad de asearse, comer y quedarse en cama hasta el amanecer, pero primeramente de sacarse algo del cuerpo, como si con ello, la energía que tragó de Mekhet pudiera purificarse y dejara de hacerle sentir miserable.

La habitación venía con su propio baño —una maravilla— y solo tuvo que caminar al cuartito ya que alguien se ocupó de sacarle las botas antes de tumbarlo en la cama. Probablemente los mismos gemelos que dormían en la misma cama que él. Hizo lo posible por moverse en silencio, lo último que quería era despertarles. Cerró la puertecilla con prestillo y se dispuso a desvestir. Agradecía que incorporaran el sistema de tuberías de aguas en ese mundo, no quería imaginarse lo desesperante que sería tener que esperar de ser como en su época, cuando las cosas no eran tan automáticas y todo llevaba su proceso si no contabas con sirvientes que hicieran todo por ti. Suspiró agradecido por el agua caliente de la regadera y después por la sensación reconfortante de quedarse un buen rato sumergido en la bañera, una dicha que no necesitara respirar y pudiera permanecer sumergido como alguien que acaba de matarse ahogado.

Debió pasar como poco más de media hora así, al abrir los ojos dentro del agua y salir se sentía mucho mejor. Con la meditación, asimiló la energía correctamente y ya no le producía malestar alguno, sabía que para el daño psicológico iba a tomar mayor tiempo, pero su mente estaba suficientemente clara como para dejar de lado cosas y centrarse en el presente. Su extraño presente, ¿qué iba a hacer ahora?

Cierto, esto es un secuestro —sonrió muy levemente al recordarlo, decidiendo que, de momento, no decidiría nada hasta consultar con sus captores.

Con los que volvería, después de secarse y vestirse, aún con la toalla en la cabecita volvió a acurrucarse con ellos, hasta que amaneciera y fuese hora de desayunar. Por ahora, todo podía esperar.
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Re: {Priv.} Alma, antorchas humanas, y otras desventuras.

Mensaje por Irrlicht el Sáb Abr 11, 2015 11:54 am

Después de haber dejado a Laine en la misma cama que habían usado el día anterior, Enid se dispuso a cuidar de su muy agotado hermano. Tratar de controlar un poder desconocido, como era el talento innato y caótico de un duende, mientras se gastaba el doble de energía al compartir la capacidad de controlar y crear fuego, pedía de una concentración y equilibrio que aún estaban aprendiendo a dominar. Por lo mismo, cuando el vínculo entre los gemelos y el duende se deshizo de manera natural, Eíri había sido el primero en notar el agarrotamiento en su cuerpo. Era quien más energía había gastado con los incidentes que había provocado aún sin quererlo.

Como el gato sin pelo. Cuando los del gremio de Alaunylene escucharon por la boca del mismo lo que había ocurrido con el ayudante de Azazel, rompieron en una risa colectiva que duró minutos.

Con cuidado había ayudado a su hermano a bañarse, vestirse y tumbarlo en la cama. Ahí observó casi divertido, como Eíri daba algunas vueltas en la cama hasta encontrar a Laine, al cual terminó abrazando como si de un peluchillo se tratase. Enid podía recordar que era una manía de ambos. Desde pequeños en su hora de dormir, buscaban abrazarse a su padre, a sus hermanos y a su madre cuando tenían esa oportunidad. No porque buscasen sentirse protegidos, sino por la calma y tranquilidad que sentían al estar con ellos. Era por eso, que le resultaba curiosa la familiaridad que sentían con el strigoi.

Al no sentirse tan cansado como su hermano, pese a que algunos mechones de su cabello ahora azules sugiriesen lo contrario, salió de la habitación para dejarles descansar cómodamente. Al no sentirse tampoco con las ganas suficientes de participar en la fiesta que estaban haciendo los chicos del gremio, Enid decidió pasear y aventurarse a conocer aquel inusual lugar en el que a veces vivían el gremio de feéricos. Pasear por los puentes, descubrir que tipos de sala había en distintos árboles y la música de fondo, le ayudaron a sentirse más relajado y tranquilo.

Pensaba que estarías durmiendo —escuchó decir a Alaunylene, el duende de cabellos azules (degradados) estaba saliendo por una de las muchas puertas que tenía el árbol biblioteca que Enid había comenzado a investigar. Le miraba con cierto aire curioso y algo serio—. Deberías descansar, no es bueno para ti desvelarte. Sé que Laine te ha curado, pero regresará con más fuerza si tu no mantienes tu nivel de energía alto.

Enid asintió con desgana y miró hacia alguna parte, lejos de la puerta de la biblioteca y Alaunylene, pensando. ¿Debía sentirse molesto porque todos parecían ver algo de lo que tenía? Suspiró y asintió, para luego explicarse: —No puedo dormir. Desde hace algún tiempo me es difícil llegar a descansar aunque sea un poco. Ayer fue la primera vez en mucho tiempo que pude descansar tranquilo y sin darme cuenta de cuándo me había dormido.

Me atreverá a decir que fue una mezcla de la influencia de Laine y lo que os dimos para beber —respondió Alaunylene, esbozando una sonrisa amistosa y tranquila. Fue en ese momento que Enid entendió que incluso Alaunylene estaba cansado. Debería haber resultado obvio, incluso un feérico se cansaría después de haber estado usando constantemente sus habilidades innatas activas—. No me mires así, llevo tres días sin dormir. Es mi culpa, me gusta pasarlo bien y a veces olvido que aún no soy tan mayor para no verme afectado por la falta de sueño —explicó el duende, habiendo hinchado ligeramente los carillos al casi adivinar lo que pasaba por la mente de Enid—. Estaba buscando algunas cosas que pensé que os servirían si decidís marcharos de aquí pronto —volvió a hinchar los carrillos al notar la expresión medio estupefacta del gemelo de ojos rojos—. Seré un ser feérico, pero los duendes somos de naturaleza bondadosa. Es lo que nos distingue de lo que vosotros conocéis como “hadas”. No soy un duende por ser hombre, ¿sabes? Hay duendes mujeres y hombres que entrar en la raza de hadas. No todo lo hago por un precio, porque aún soy joven y mi alma sigue siendo más o menos cándida, según como se vea. Los tres me gustáis, y pese a que es obvio que lo nuestro nunca podría terminar bien —bromeó—, os considero mi pequeño proyecto de amistad y realmente quiero ayudaros. Y como sois amigos, no quiero que me paguéis por ello. Excepto por lo que hemos quedado que me debíais. Seré de naturaleza bondadosa, pero no idiota —añadió, soltando una pequeña carcajada risueña y burlona, sus mejillas adoptaron un tono verdoso más profundo, casi de color menta—. Iba a bañarme, ¿vienes conmigo y hablamos? Me parece que te irá bien, creo que no eres de los que se desahogan por mucho que lo necesiten.

Enid sonrió levemente, Alaunylene tenía algunas cosas que le hacía asemejarse a algunos miembros del grupo de su hermano postizo, y quizás por ello, también notaba esa facilidad para llevarse bien con él pese a que también hiciera poco que se hubieran conocido. Sin rechistar, Enid acompañó a Alaunylene hasta lo que parecían unos baños colectivos, con sus respectivas duchas y bañeras gigantes repletas hasta los bordes con una mezcla de agua caliente e infusión de hierbas que relajaban los músculos adoloridos y las mentes agarrotadas.

Hablaron de cosas triviales y de cómo era la sociedad feérica en aquel mundo, de si Alaunylene había visitado alguna vez el subreino y de cómo se había fundado el gremio. Enid le habló de algunas cosas que recordaba de los feéricos que había conocido y de las pocas incursiones que había hecho en el reino de los feéricos, también le habló de sus hermanos y sus padres, de algunas de las cosas que habían vivido desde su llegada a ese mundo y muy por encima, de la pérdida de Sage y Roch, de lo curioso que le parecía que siempre que algo le hacía sentirse cansado de aquel mundo aparecieran personas que le ayudasen a ver las cosas de otro modo. Como Lovell, Rhiannon, Laine y el mismo Alaunylene, entre otros.

Al final, cuando salieron de los baños, el duende insistió en escoltar al híbrido hasta su habitación. Les deseó un buen descanso –pese a que dos de ellos ya estuvieran durmiendo a pierna suelta– y les dejó. Enid pensó que también iría a descansar, pero desde la ventana, pudo observar como el duende se unía a la fiesta a los pocos minutos. Mientras se tumbaba en el otro lado de la cama, dejando a Laine entre ellos, se preguntó qué sería lo que realmente le quitaba el sueño al duende. Y así, sus pensamientos fueron paseándose de un lado a otro, hasta que al poco rato, pudo quedarse dormido. No fue ni consciente de cuando Laine se levantó en mitad de la noche.



La clara luz que se colaba desde la ventana, anunciando que ya hacía un rato que había amanecido, fue la encargada de despertar a Eíri. El chico de ojos verdes se movió levemente, remoloneando el tiempo que pudiera permitírselo antes de ir levantándose. Había descansado bien y ninguno de los movimientos nocturnos, fueran de Laine o su hermano, habían logrado perturbar su sueño.

Pudo notar por algunos de los mechones de pelo que caían sobre su rostro, que lamentablemente el descansar no había hecho que el proceso de quedar con el cabello azul se detuviese. No era un detalle que le desagradase, pero tampoco le gustaba que fuese un indicativo de la energía que había malgastado el día anterior por no saber hacer uso de ella. Deseó que aquel color se mantuviese por sólo unos días, recordando la lamentable temporada en la que Skylet les adoptó, que sus cabellos habían mantenido el tono azulado por cuatro años.

Lo único bueno de aquello había sido el que habían podido adoptar el mote de los hermanos azules Istari –los Magos Azules– que poco se mencionaban en ciertas novelas fantásticas. Era una lástima que en ese mundo no hubieran traído consigo las capas azules.

Buenos días —medio musitó, aun en un tono tan adormilado que podía dar la falsa sensación de que estaba hablando en sueños—. ¿Habéis dormido bien, queréis que salgamos a por el desayuno? —preguntó mientras salía muy perezosamente de debajo de las mantas y buscaba su ropa de persona normal, teniendo en cuenta que en aquel momento iba con esas mudas tan inservibles que eran mejor usar para dormir cómodamente —¿Alguien ha visto mi ropa? —preguntó, desde debajo de la cama, dónde supuestamente estaba buscando sus cosas.

Un casi gruñido proveniente de lo que pensaba era su hermano, le indicó que Enid no sólo no tenía idea de dónde habían puesto su ropa la noche anterior sino que también no le importaba dónde estuviese.
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Re: {Priv.} Alma, antorchas humanas, y otras desventuras.

Mensaje por Laine el Sáb Abr 18, 2015 3:06 pm

La segunda siesta de Laine fue igual de ininterrumpida, con la diferencia de que, pese a estar soñando se sentía muy ligero. El sueño que estaba teniendo era algo como un recuerdo de su antigua mente, vestigios de su anterior identidad, y a pesar de eso era muy nítido, muy distante, que al despertar se esfumaría con toda seguridad. Probablemente el lado consciente de su cabecita lo sabría y, se resistiría en principio a despertar.

El recuerdo era sobre ese tiempo en que sus hermanos y él recientemente empezaban a descubrir sus dones, jugaban de forma inofensiva con ellos como los niños vástagos que eran. Y como todos los niños pueden llegar a ser crueles con facilidad, siempre había alguien que, a proposito o no servía de víctima, esos solían ser los pequeñines que todavía no descubrían sus talentos, o tenían problemas con ellos. En el sueño llevaba a Mekhet de la mano por un largo pasillo, los dos corrían de dos primos bravucones. La sensación fue bastante real en su momento, incluso cuando en el sueño sintió alivio de encontrar un refugio.

Se escondieron en una de las habitaciones del palacio, debajo de la cama. Abrazaba a su hermanito para que sofocara los pocos sollozos que no tuvo tiempo de soltar. Saulot pasaba una y otra vez su mano sobre su cabeza y soplaba hasta que logró calmarlo y le pareció que se había dormido. Pensaba quedarse allí lo necesario, todo para que el otro estuviese tranquilo. Un murmullo preocupado le avisó que seguía despierto, muy cansado. Le dijo que todo estaba bien y que se quedaría con él esa noche, que vigilaría que los otros no lo molestaran para que pudiese descansar, así al día siguiente estaría más concentrado para continuar sus estudios.

Aun cuando en el sueño Mekhet estaba dormido, Laine se resistía a despertar, se aferraba a aquella ventana que su subconsciente dejaba abierta para quedarse un poco más con esa versión de su hermano que atesoraba como la mejor y la que, esperaba rescatar al final de esa cruzada cruel. Era tanto su empeño que, mientras Eíri le abrazaba, Laine le regresaba el abrazo como reflejo, creyendo que así lo detendría... y funcionó de ese modo hasta que el gemelo despertó y se separó para buscar adormiladamente su muda. Enid no fue el único en gruñir, pero el de Laine sonaba más a resignación que a molestia.

Medio dormido, recogió sus piernas y se hizo bolita con ayuda del cobertor. Se forzó por casi media hora a permanecer así, como si de ese modo pudiese acceder otra vez a ese sueño. Lamentablemente —y eso lo sabía— era cosa inútil, lo mejor era no retardar por más tiempo lo inevitable de despertar, aunque eso necesariamente no significara salir de la cama. Uno a uno llegaron los pensamientos sobre su última aventura y situación actual, lo cual le daba el punto de hacer lo que le saliera del alma mientras Azazel no le encontrara.

Laine abrió los ojos, algo más despierto. Lo que le saliera del alma. ¿Desde cuando no hacia cosas solo para sí?, ¿para su disfrute?, desde aquel paseo con Ariel en Asiph que terminó en toda una aventura dentro de la mansión Hazred ninguna otra, Azazel se había vuelto una dictadora total con su tiempo fuera de su castillo hasta ese viaje a Grandbolg, que se permitió ser blanda y aflojar la correa. Lo cierto es que, después de toda esa locura y encuentro con Mekhet su espíritu le pedía a gritos un descanso. Algo diferente. Algo que le hiciera sentirse bien, por los dioses.

Y eso iba a hacer. Saltó de la cama y tropezó sin mucha elegancia al bajarse. Después de quitarse las sábanas de las piernas, fue a lavarse la cara como un chiquillo hiperactivo y fue a la mesa de la habitación donde Alaunylene ya estaba tomando su desayuno, en compañía de dos compañeros que Laine no conocía ni recordaba. Por alguna razón no le parecía extraño que se reuniesen allí, por lo que no hizo pregunta y solo saludó antes de unirse a la comida con un apetito tan voraz que no recordaba haber tenido nunca.

Mientras se llenaba la boca cada dos por tres, hablaban de algunas visitas programadas a los países del Oeste —aparte de Calad' Meeth— y probablemente al Nexo, a nadie le apetecía ir a ver el territorio arrasado por el Caos hace dos décadas pese a su recuperación. Laine sentía curiosidad por el Otro lado del Mar, como lo llamaban, la misma que tenía por el Nexo y los demás países del Oeste. Internamente se aliviaba de estar libre de Azazel para tener la posibilidad de explorar a gusto, y lo mejor es que, podía empezar hoy mismo con ese refugio temporal —recordemos que Laine no había tenido nada de tiempo para fisgonear— de seres curiosos.

Como tenía poco conocimiento sobre la mayoría de los seres feéricos, aprovechó de hacer preguntas a Alaunylene y sus compañeros sobre algunos mitos y verdades sobre ellos. ¿Podían todos alterar su apariencia?, ¿nunca podían mentir?, ¿era cierto que el sub-reino era como un bosque visto desde la perspectiva de un enano?, ¿podían encogerse y encoger a otros?

Si que pueden, no les supone problema dependiendo de a dónde los lleven, hay lugares y lugares —contestó el que parecía un enano, pelirrojo y ojiverde, muy joven, se le notaba por la barba escasa y las facciones todavía lozanas y gentiles, incluso resultaba atractivo pese a su tamaño— si están de humor y no quieren irse todavía, podemos llevarlos a ver uno de nuestros lugares preferidos donde, de hecho, toca algunos ajustes. De todos modos hoy mismo ninguno tiene planeado salir, mañana pensaremos como seguir nuestras travesías y caminos.

Y está su fiesta de todas las noches —completó Laine.

Y está nuestra fiesta, que en realidad es la misma, solo la pausamos~ —reiteró el enano que se llamaba Klein—a la que tus amigos secuestradores y tú siguen cordialmente invitados.

Laine asintió y dijo que le apetecía mucho, jamás había estado en ese tipo de celebraciones, o al menos pasó casi toda su existencia evadiéndolas. Se preguntaba vagamente el porque, pese a que debería saberlo, y de nuevo no entendía demasiadas cosas de su viejo yo. Las privaciones de momentos, cosas y personas. Por suerte nunca es tarde para cambiar.
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Laine

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Re: {Priv.} Alma, antorchas humanas, y otras desventuras.

Mensaje por Irrlicht el Dom Jun 14, 2015 4:22 pm

No tenía ni idea de que habías tardado tanto en irte a dormir —repitió Eíri cuando salió del baño, después de asearse y sentirse finalmente como persona.

Pese a que Enid ya se había puesto su ropa de viaje, seguía tendido sobre la cama sin mover un solo músculo y con la misma postura en la que lo había dejado su hermano antes de dejarle para poder bañarse. Decidió aguantarse el comentario de lo extraño que era que hubiese decidido dejar a Laine a su aire y no acecharle, para asegurarse de que estuviera bien.

Sabía de sobra que su hermano se preocupaba en demasía por la gente a la que tomaba cariño, pero también conocía lo suficiente a Enid para saber que un comentario como aquel dicho en un momento como ese; encontrándose especialmente de malhumor, iba a provocar que la habitación terminase en llamas.

Soltó un suspiró cansado e inquieto, buscó asiento en una de las sillas cercanas a la cama y cerró los ojos durante unos segundos antes de unirse al desayuno con el resto, que por el olor se le hacía mucho más apetecible que tener esperar que los ataques contenidos de furia y aleatorios de su hermano desapareciesen.

Durante un buen rato, Eíri se centró en comer todo lo que el cuerpo le pedía y, aunque él no era consciente porque siempre que arrasaba con el contenido de alguna fuente algún alma caritativa le acercaba más comida que poder pasarse por el gaznate, escuchar por encima las conversaciones animadas que tenían la mayoría. No pareció inquietarle que para cuando hubo terminado con su cuarta jarra de jugo de algo –desconocía el contenido, sólo sabía que estaba delicioso– la habitación estaba prácticamente llena de casi todos los chicos que habían conocido la noche que les habían conducido hasta el Gremio.

Probablemente, tanto Eíri como Enid deberían haberse preguntado en algún momento como tanta gente podía caber en una habitación que en un principio había parecido de dimensiones justas para cinco personas. Pero de nuevo, era absurdo cuestionarse las cosas que veían cuando estaban en un lugar regentado por puros seres feéricos, que hacían siempre uso de esa extraña magia simpática.

Enid nos comentó que eres alquimista —la elfa que respondía por el mote de Naz, observó con sus finas cejas azules ligeramente arqueadas como Eíri se atragantaba con el bocado que había estado a punto de tragar. La mujer ladeó la cabeza hacia un lado, con un gesto muy leve y elegante, como cuestionándole en silencio y con cierta preocupación si estaba bien. No fue hasta que el propio Eíri le dio pie para seguir hablando que decidió retomar la conversación, después de asegurarse de que su interlocutor ya respirase con normalidad—: Decía, que hemos sabido que eres alquimista. O más bien, que te estás entrenando como tal. No te preocupes, ni te avergüences. Aprendiz o maestro, si es alquimista siempre será hermano de cualquier otro. Por lo mismo queríamos darte algunas cosas antes de marcharos, te servirán para tu entrenamiento —Naz observó con gesto curioso como varias llamas salían desprendidas de la cabeza de Eíri al mismo tiempo que éste le daba las gracias casi emocionado. La elfa, por su parte, parecía que le era difícil contener la formalidad y la cortesía propia de su raza pero consiguió ocultar la sonrisa que atentaba con dibujarse en sus labios—. Cuando termines, te acompañaremos gustosamente hasta nuestro taller —respondió con simpleza y fue en ese momento que permitió esa única sonrisa emerger.

El gemelo de ojos rojos yacía aún estirado, con sueño, sin hambre y malhumorado por los sueños y recuerdos que habían decidido perseguirle en las horas que había pensado simplemente descansar y prepararse para lo que decidiesen hacer. Estaba claro que iban a tener que trazar algo elaborado si querían que Azazel no les pillase desprevenidos en ningún momento, tenían que seguir como habían logrado comenzar: medio paso por delante de ella y, a ser posible, haciéndole gastarse media fortuna en la búsqueda de Laine, y así  con un poco de suerte la idea de la bancarrota en almas le hacía pensarse seriamente en renunciar a Laine. Y aún si no fuese así, el tiempo que habrían conseguido debería ser suficiente.

Enid estaba a punto de suspirar por tercera o cuarta vez cuando fue interrumpido por un peso liviano sobre su cama que no reconocía como el perteneciente al de Eíri o al de Laine. Abrió uno de sus ojos y tuvo un primer plano del pómulo escamoso de la mujer medio ninfa que había visto la primera noche que conocieron a Alaunylene. Era la única que no se había presentado y las pocas veces que Enid la había visto, siempre estaba junto al duende o cerca de él, observando o haciendo guardia. Fue en ese momento cuando pareció intuir algo de ella: era una guerrera. Tenía el porte de las personas del tipo luchador y protector como el de su hermana Lyanne, el mismo aire pero aplicado de manera diferente.

En el regazo de la hibrida descansaba una bandeja con lo que eran partes del desayuno que había rescatado de sus camaradas hambrientos. Miró con gesto serio y casi severo a Enid, antes de depositarla a su lado con un gesto firme.

Yo no doy charlas, así que no te preocupes —saludó, cruzándose de brazos y observando al grupo que aún quedaba ahí y que charlaba animadamente—. Pero no vas a hacer nada amargándote. Si quieres dormir, el vaso azul. Si quieres explorar con el resto, el vaso rojo.

¿Perdona, qué? —Preguntó Enid, sentándose de golpe sobre la cama y mirando la bandeja, observó los vasos y el resto de la comida, para finalmente volver a encarar a la joven de cabellos rosados.

No juzgo a la gente por sentirse mal. Pero sintiéndote mal te vas a perder muchas cosas. Tú auspiciaste el secuestro de ese niño por algo —respondió y sonrió brevemente, finalmente, tomó el vaso azul y se lo entregó al gemelo de ojos rojos—. Descansa bien, lo necesitas. Pero piensa y se consciente. Tienes a tu hermano. Tenéis que cuidaros. Tenéis que haceros felices. Y tienes que cumplir todas tus promesas. No tienes tiempo de amargarte. Hazlo cuando seas viejo y si quieres serlo, cuando llegue ese momento —concluyó, y sin nada más que añadir se levantó y se alejó con el vaso rojo a reunirse con sus compañeros, dejando a un Enid pensativo o, mejor dicho, confundido.

Observando aún el brebaje que había en la tacita azul que la joven guardiana de Alaunylene le había dejado en la bandeja, Enid se hizo muchas preguntas que aunque al principio atentaron con frustrarle terminaron por hacerle sentir mejor. Ser consciente de lo poco que recordaba de las cosas que necesitaba recordar no le ayudaba, pero al menos le permitía saber por dónde comenzar.

Buscó con la mirada a su hermano y a Laine, pensó en lo que la ninfa dragón le había dicho, en la verdad de sus palabras y en lo molesto que era que la mayoría de seres feéricos pudieran saberlo todo mejor que ellos mismos.

Mientras hacía nota mental de disculparse más tarde y unirse a la aventura, Enid se bebió el contenido de vaso azul y cayó dormido antes siquiera de poder probar algo del resto de las cosas que quedaban en la bandeja.

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